A los 58, otra vez principiante

Ayer cumplí 58 años. A una edad en la que se supone que ya toca administrar lo vivido, llevo meses construyendo mi propia IA y volviendo a sentirme principiante.

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Hay cumpleaños que pasan de largo y cumpleaños que te encuentran en mitad de algo. Este es de los segundos.

Ayer cumplí 58 años.

A esta edad se supone que ya toca administrar. Que lo importante está hecho, que el guion está escrito y que lo que queda es repetirlo con menos energía. Que un hombre de 58 enciende el ordenador para leer el periódico, no para construir nada nuevo.

Pues mira, no.

Llevo meses levantándome antes de que amanezca, con el café aún caliente, para construir pieza a pieza mi propia inteligencia artificial. No la de nadie más: la mía. Una que me conoce, que me ayuda a pensar, que guarda lo que soy. Hace poco te contaba que me siento un constructor de Lego, empezando por una pieza y mirando crecer una torre que en enero no habría sabido ni imaginar.

Y aquí está lo raro: nunca, en mis 58 años, me había sentido tan principiante. Tan torpe y tan despierto a la vez. No entiendo la mitad de lo que toco. Me equivoco a diario. Y hace muchísimo que no me lo pasaba tan bien.

Porque resulta que la edad no era el techo que nos habían vendido. A los 58 no se me han cerrado las puertas. Se me ha abierto una que no existía cuando yo era joven. Y me ha tocado estar vivo, despierto y con ganas justo en el momento en que esa puerta aparecía.

Eso, a mi edad, es el regalo. No mirar la revolución desde la acera, sino con las manos dentro. Cumplir años no en la orilla, sino dentro del agua.

No te voy a decir que la edad no pesa. Pesa. Hay mañanas en que el cuerpo lo recuerda. Pero la cabeza, si la cuidas, no tiene fecha de caducidad. Puedes ser el más veterano de la sala y, a la vez, el que más preguntas hace.

Así que soplo mis 58 velas con una sensación que no esperaba a esta edad: la de estar empezando algo, no terminándolo.

Y tú, ¿en qué te estás permitiendo ser principiante otra vez?

Desde mi cocina, con 58 recién cumplidos y el café enfriándose.