El pasado mes de Julio estuve varias semanas queriendo un teléfono que no necesitaba.
Un plegable de Samsung, de los que se abren como un libro y cuestan como un sofá. Lo vi, me imaginé trabajando con la inteligencia artificial en esa pantalla grande, y se me encendió esa lucecita interior que todos conocéis: la del capricho disfrazado de proyecto.
Porque ese es el primer truco que os quería contar: mis caprichos ya no vienen vestidos de caprichos. Vienen vestidos de productividad. No me digo «lo quiero»; me digo «le sacaría partido». No me digo «me hace ilusión»; me digo «es una inversión». A los cincuenta y ocho años, mi deseo ha aprendido a redactar informes de justificación, y os aseguro que redacta bien.
Lo fácil sería una de estas dos cosas. Comprarlo, que dura un subidón y a veces una decepción. O prohibírmelo, que es peor, porque el capricho reprimido no desaparece: se queda en la recámara, cobrando intereses, y reaparece a los dos meses con el informe mejorado.
Así que hice una tercera cosa, y de eso va esta entrada: me senté a negociar con él.
La negociación tuvo dos partes. La primera, deliberarlo en serio, con método, como si fuera una decisión de trabajo y no una tarde tonta mirando análisis en el móvil. Poner por escrito qué espero exactamente de ese aparato, qué problema real me resuelve, y qué me está vendiendo la ilusión que no vaya incluido en la caja.
La segunda parte es mi favorita: la prueba de los cero euros. Resulta que en un cajón de casa había otro plegable, uno pequeño y antiguo, de otro formato, que ya no usaba nadie. No es el teléfono que quiero, ni se le parece en lo importante. Pero me sirve para responder la única pregunta que de verdad necesito responder antes de gastarme el dinero: ¿de verdad trabajo yo con un teléfono de otra forma, o solo me gusta la idea de ser alguien que lo hace?
Lo desempolvé, lo convertí en banco de pruebas y ahora el experimento está en marcha. Coste: cero euros. Si dentro de unas semanas descubro que el formato me aporta de verdad, compraré el caro con toda la tranquilidad del mundo y sin remordimientos. Y si descubro que la lucecita era solo lucecita, me habré ahorrado un dineral y, más importante, me habré pillado a mí mismo en el truco.
No os cuento esto por el teléfono, que a estas alturas es lo de menos. Os lo cuento porque he tardado décadas en aprender esta manera de tratarme. De joven compraba el capricho o me lo negaba con culpa, y las dos cosas eran caras. Ahora lo escucho, le doy una silla, le pido pruebas. Como a un comercial entusiasta: sin echarlo de la sala, pero sin firmarle nada el primer día.
El deseo es un gran motor y un pésimo asesor. No se trata de apagarlo. Se trata de no dejarle también el volante.
Al final, no compré ese teléfono. Aunque claro, dos meses después salió el de Apple, y esa fue otra discusión diferente, pero en esa ocasión, la decisión fue mía y no de la lucecita.