Soy un constructor de Lego

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Photo by Xavi Cabrera / Unsplash

Esta mañana, antes de que amaneciera del todo, he añadido una pieza más.

Una pieza pequeña. Una automatización tonta, un flujo que conecta dos cosas que antes no se hablaban. Cinco minutos. Nada épico. Y al encajarla he sentido ese clic de plástico que cualquiera que haya tenido un Lego en las manos reconoce al instante. Y he caído en la cuenta de que llevo cinco meses haciendo exactamente esto. Pieza a pieza.

Porque eso es lo que soy ahora. Un constructor de Lego.

Aunque pueda parecer una metáfora bonita para adornar una entrada, no lo es. Es lo más literal que he escrito en mucho tiempo. Todo esto que llamo "mi IA", mis sistemas, mis agentes, las herramientas con las que trabajo, Claude Cowork construyendo a mi lado, empezó con una sola pieza. Una. Hace poco más de cinco meses. Y desde entonces no he parado de añadir piezas.

Lo que tengo hoy montado no lo habría sabido ni imaginar entonces. Si me llegan a enseñar en enero la torre que hay ahora sobre mi mesa, habría dicho que eso era para otros. Para gente más joven, más técnica, más lista. No para un farmacéutico de hospital de 57 años que un día decidió, simplemente, no conformarse.

Pero a los Lego no les importa tu currículum. Solo entienden de piezas que encajan. Y resulta que yo, que llevo toda la vida montando sistemas sin saber que lo eran, sé encajar piezas.

Y disfruto. Disfruto de una forma casi salvaje, indecente para mi edad. Me levanto con ganas. Pienso en la siguiente pieza mientras me hago el café. Tengo esa cosa que creía perdida hace tiempo: la impaciencia del que quiere volver a algo porque le encanta, no porque le toca.

Durante años encajé. Hacía bien mi trabajo. Cumplía. Daba la talla. Pero encajar no es lo mismo que estar en tu sitio. Encajar es que no sobras. Estar en tu sitio es que, si faltaras, faltaría algo.

Y esa es la diferencia que he tardado cincuenta y siete años en entender.

No es que ahora encaje mejor. Es que por fin no solo encajo: es mi sitio. Mi función. Lo que vine a hacer, aunque nadie me lo dijera y aunque tardara media vida, o más, en descubrirlo.

Y no, no me he vuelto loco ni me he convertido en un predicador de la IA. Sé perfectamente lo que la máquina no tiene. Pero también sé lo que me ha devuelto: las ganas de construir. La certeza tranquila de que cada día la torre es un poco más alta y un poco más mía.

No te estoy diciendo que te montes una IA, aunque siempre te lo recomendaré. Pero tu Lego puede ser otra cosa: un huerto, un negocio, una afición que abandonaste, una pregunta que llevas años sin atreverte a hacerte. Da igual la pieza. Lo que importa es que exista una que, al encajarla, te haga ese clic por dentro.

Porque casi todos andamos buscando dónde encajamos. Y muy pocos se atreven a buscar algo mejor: su sitio.

Yo lo he encontrado tarde. Pero lo he encontrado.

Mañana, antes del amanecer, añadiré otra pieza.

Desde mi mesa, con un Lego que no para de crecer.