Escribo esta entrada desde una habitación de hospital, con la vía puesta y el portátil en las rodillas. Es mi sexta noche aquí, camino ya de la séptima. El título de esta entrada no es una metáfora ni un recurso literario: es, palabra por palabra, lo que pone en mi historia clínica. Colitis ulcerosa grave, pancolitis. Traducido: mi colon está inflamado y ulcerado de principio a fin, y esto ya no es un misterio por resolver. Es una enfermedad con nombre, apellidos y ficha propia. La mía.
Llevaba semanas a medio pelo, y las dos últimas, mal. Semanas de ir al baño más veces de las que uno cuenta en voz alta, de molestia sorda y constante, de probar cosas que no funcionan y de decirme que ya se pasará. El lunes fui a trabajar como cualquier lunes, y subí a consulta a ver que hacíamos y a comentar unas analíticas. Esa misma tarde estaba ingresado. No me lo esperaba, aunque lo agradecí. Y lo escribí esa noche en mi cerebro digital tal cual lo sentía: probablemente sea lo mejor para mí, pero acojona un poco de más.
Al día siguiente, una colonoscopia le puso nombre a todo. Y aquí viene lo que quizá sea difícil de entender desde fuera: me alegré. Me alegré de verdad, porque saber lo que pasa es un regalo para poder actuar. Esa es la primera cosa rara que he aprendido esta semana: se puede recibir la palabra «grave» con alivio, cuando lo que había antes era niebla. La alegría del diagnóstico y la seriedad del diagnóstico llegaron en la misma frase, y todavía estoy aprendiendo a sostener las dos a la vez.
Porque la conciencia no llega de golpe. Llega por capas, como una fotografía que se revela despacio. Los primeros días pensaba en términos de avería: me arreglan y vuelvo a mi vida. Hacia la mitad de la semana entendí la diferencia: no vuelvo a mi vida. Empiezo otra en la que esta enfermedad viene conmigo, porque es crónica y porque, ahora lo sé, ya llevaba tiempo avisándome por sitios insospechados. Hasta un dolor articular que arrastraba de forma errática hace tiempo, y que atribuía a cualquier otra cosa, resultó ser ella, mandando señales que yo no acerté a leer.
¿Cómo estoy respondiendo? Bien, dicen los números, y los números no me los invento: hay un marcador de inflamación que en pocos días ha caído a la décima parte. Los médicos están razonablemente contentos y yo también. Pero no todo es la línea recta que me gustaría. Hay días buenos, los más, y ratos que ponen a prueba la moral, pequeñas derrotas íntimas que no voy a detallar y que me han dado un curso acelerado de humildad. Lo resumo con la frase que más he repetido esta semana: dos pasitos para adelante, un pasito para atrás. Y es que así se avanza también.
Y ahora toca lo importante: aprender a vivir con ella. Eso tiene una parte farmacológica que asumo con la disciplina que siempre he pedido como profesional, y es que los medicamentos son mi oficio, y ahora también mi tratamiento. Medicamentos cada día, o cada pocas semanas, controles frecuentes, ajustes según respuesta. Todo eso para mí será fácil, creo. Pero tiene otras dos partes que también dependen completamente de mí: la alimentación y el estrés. Del estrés me dijeron algo que no se me olvidará: en colitis ulcerosa los estudios no lo tienen claro, pero los pacientes sí. Me quedo con los pacientes. Esta semana, en esta habitación, he empezado a meditar. No es algo nuevo para mí, hace bastantes años lo hacía mucho, pero lo dejé ir, hace años, sin saber por qué.
Mi mujer, con su gran sabiduría, resumió la situación con una de sus frases categóricas: "si la vida te da limones, haz limonada", que aprecio y entiendo, aunque a mí me gusta más aquella de “en medio de la dificultad yace la oportunidad”. Pues eso me toca. Voy a estar unas semanas fuera de juego; ya he cancelado planes que me dolían más por los míos que por mí, con la promesa de que el año que viene nos desquitaremos. Volveré, eso no lo dudo. Pero no todo volverá a ser igual que antes, y sospecho que ahí está la parte buena de esta historia: hay cosas de mi vida que no estaban bien, que yo sabía que no estaban bien, y que ahora tengo la mejor razón del mundo para reconducir. Me va la vida en ello, y por primera vez esa frase no es una simple manera de hablar.
La gestión del estrés, sobre todo en el trabajo, aunque también fuera de él, va a ser uno de los grandes retos, y el que más es probable que se me note en las siguientes semanas tras mi vuelta, por las medidas que llevo en mente. Aprovecharé mis fortalezas (que son muchas), delegaré mucho (porque tengo a mi lado gente muy buena para poder hacerlo), pero, sobre todo, me voy a centrar en lo importante de verdad, lo cual probablemente no coincida con lo importante para muchas otras personas.
Publico esto porque este diario se llama como se llama, y no conformarse también es esto: contar lo que pasa cuando lo que pasa no es bonito, para que quien me rodea entienda mis ausencias, mis ritmos nuevos y mis baños contados. Y para dejarlo escrito el día uno, porque quiero releerlo dentro de un año, con la limonada hecha, y la dificultad convertida en oportunidades que ni imaginaba hace una semana. Y porque quiero comprobar cuánto camino se anda pasito a pasito.
Dos para adelante. Uno para atrás. Nos vemos a la vuelta.