Enseñar es la forma más egoísta de aprender
Saber hacer algo y saber explicarlo son dos cosas distintas. Cuando explicas, descubres que lo que tenías no era conocimiento: era costumbre.
Cada vez que me piden que le explique algo a alguien, descubro lo poco que lo sabía.
Es un fenómeno curioso y bastante humillante. Tú crees que dominas un tema. Lo has leído, lo has usado, llevas años haciéndolo. Y entonces alguien te pide que se lo cuentes, y a la tercera frase te das cuenta de que lo que tenías no era conocimiento: era costumbre.
Saber hacer algo y saber explicarlo son dos cosas distintas. Entre una y otra hay un trabajo que casi nadie hace.
Cuando explicas, tienes que ordenar. Decidir qué va primero. Elegir qué se puede quitar. Encontrar el ejemplo que abre la puerta. Y sobre todo, enfrentarte a las preguntas del otro, que suelen ir directas a los agujeros que tú llevabas años rodeando sin mirar.
Por eso digo que enseñar es la forma más egoísta de aprender. Parece que das, pero recibes más tú.
Me pasa cuando preparo una charla. El texto final casi nunca es lo importante; lo importante es lo que descubro mientras lo preparo, las veces que me quedo atascado en algo que creía tener clarísimo. Y me pasa a diario con la gente con la que trabajo: la pregunta de alguien que empieza suele ser justo la que a mí me falta responder.
Hay otra cosa, además del conocimiento. Cuando explicas algo bien no solo transmites datos, también dejas ver cómo piensas. Y eso se pega. La gente aprende bastante más de cómo razonas que de lo que concluyes.
No hace falta dar clase para vivir esto. Enséñale algo a un compañero. Explícale tu trabajo a alguien de fuera. Cuéntaselo a tu hijo. Escribe lo que crees saber y verás enseguida por dónde hace agua.
Yo escribo aquí, en parte, por eso. No porque tenga las cosas claras, sino porque escribirlas es la única manera que conozco de averiguar si las tengo.
Y tú, ¿qué crees que dominas y no has intentado explicarle nunca a nadie?