La sobremesa no es tiempo perdido
Vista de fuera, la sobremesa es una ineficiencia perfecta. Y sin embargo, casi todo lo que recuerdo de la gente que quiero pasó en una.
Hay una costumbre nuestra que me parece de las mejores cosas que hemos inventado, y que no aparece en ningún manual de productividad: la sobremesa.
Terminar de comer y no levantarse. Quedarte ahí, con el mantel manchado y los platos sin recoger, alargando una conversación que ya no va de nada concreto.
Vista de fuera es una ineficiencia perfecta. Media hora, una hora, dos, sin ningún objetivo. Nadie apunta nada. No sale ninguna decisión. Si midiéramos la sobremesa por lo que produce, habría que eliminarla mañana.
Y sin embargo, casi todo lo que recuerdo de la gente que quiero pasó en una sobremesa.
Porque ahí se dicen cosas que no se dicen en ningún otro sitio. Las conversaciones importantes casi nunca se convocan. No dices «vamos a hablar de esto». Aparece, cuando ya se ha ido la prisa, cuando alguien baja la guardia y suelta la frase que llevaba dentro. Hace falta tiempo muerto para que ocurra, y el tiempo muerto no se puede programar.
Es de las pocas cosas que no se pueden hacer rápido. Una sobremesa de diez minutos no es una sobremesa, es un café de pie.
Me temo que la estamos perdiendo. No por maldad, sino por agenda. Comemos en cuarenta minutos, con el móvil bocarriba por si acaso, y volvemos corriendo a lo siguiente. Ganamos una hora y perdemos algo que no sabemos contar.
Yo intento defenderla. No siempre puedo, pero cuando puedo, me quedo. Aunque haya cosas pendientes. Precisamente porque siempre hay cosas pendientes y siempre las habrá.
Es curioso: nos cuesta menos justificar dos horas de reunión que dos horas de mesa. Y de las dos, sé perfectamente cuál me ha dado más.
No todo lo que no produce es tiempo perdido. Algunas de las cosas que sostienen una vida se cocinan justo ahí, en ese rato en que nadie se levanta.
Y tú, ¿cuánto hace que no te quedas sentado después de comer, sin prisa y sin móvil?