El arte de decir que no

Me costó media vida aprender a decir que no. Cada sí pequeño era un no a algo que importaba. Un no valiente es lo que protege a tus síes.

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Me costó media vida aprender a decir que no. Y todavía se me atraganta.

Vengo de una generación a la que educaron para agradar. Di que sí, sé buen chico, no molestes, échale una mano a todo el mundo. El que dice que sí cae bien. El que dice que no, ya se sabe, es un tipo difícil.

Durante años dije que sí a casi todo. A reuniones que no aportaban nada, a favores que nadie agradecía, a proyectos que no eran míos. Y cada sí pequeño, aparentemente inofensivo, era en realidad un no a otra cosa. Un no a mi familia. Un no a mi descanso. Un no a lo que de verdad quería hacer con mi tiempo.

Porque el tiempo no es elástico. Cada vez que dices que sí a algo, le estás diciendo que no a todo lo demás que podrías haber hecho con esas horas. Solo que ese no no se ve, no incomoda a nadie en el momento, y por eso lo firmamos sin leer la letra pequeña.

He aprendido, tarde, que decir que no no es un acto de egoísmo. Es un acto de honestidad. Es reconocer que tu tiempo es finito y que tú también cuentas. El que no sabe decir que no acaba viviendo la vida que le organizan los demás.

No te hablo de decir que no a todo, ni de volverte alguien seco y a la defensiva. Te hablo de decir que no a lo mediocre para poder decir que sí, de verdad y con toda tu energía, a lo que importa. Un no bien puesto es lo que protege a tus síes.

Todavía me tiembla un poco la voz cuando lo digo. Sigo notando esa punzada de culpa, ese miedo a decepcionar. Pero he aprendido a convivir con ella, porque he descubierto que detrás de casi cada no valiente hay un sí a algo que quiero cuidar.

El sí fácil es de todos. El no valiente es tuyo.

Y tú, ¿a qué necesitas empezar a decir que no para poder decir que sí a lo que de verdad te importa?