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Por qué me chirrían los talleres de IA

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Por qué me chirrían los talleres de IA

Cada poco tiempo me proponen lo mismo: «¿por qué no das un taller de inteligencia artificial?». Unas horas, un grupo de diez o quince personas, algo práctico. Y cada vez respondo lo mismo: que me lo pienso. Llevo meses pensándomelo, y por fin he entendido qué es lo que me chirría. No es pereza. Son tres cosas concretas.

La primera es el precio. No el del taller: el otro. Aprender inteligencia artificial agéntica, la de verdad, la que trabaja por ti mientras haces otra cosa, exige pagar un precio en tiempo, en frustración y en cacharreo. Horas de que algo no funcione y averiguar por qué. Ganas de romper cosas y volver a montarlas. Y he descubierto que, en general, la gente no está dispuesta a pagarlo. Quiere el resultado sin el proceso. La entrada, en teoría, es ridícula: un ordenador y una suscripción. Pues te sorprendería cuánta gente se atasca exactamente ahí, en el primer escalón, y no porque no pueda: porque en el fondo esperaba que esto fuera magia y resulta que es aprendizaje. A un taller se viene a recibir. Esto no se recibe. Esto se paga.

La segunda me la ha enseñado el tiempo. Escribí una vez que soy un constructor de Lego, y lo sigo siendo. Pero el Lego ha cambiado. Cuando empecé, mi sistema cabía en una caja pequeña: un chat, unas notas, poca cosa. Hoy es una infraestructura: máquinas que se hablan entre ellas, agentes con memoria, motores que vigilan a otros motores. Cada pieza nueva pide otras dos, y el conjunto es cada vez más caro, más complejo y más difícil de tener para una persona normal. No puedo enseñar en tres horas lo que a mí me ha costado meses de construcción, y tampoco quiero hacer trampa: enseñar la maqueta y que parezca que con la maqueta basta.

Y la tercera es la sala. Imagínatela: quince personas, quince ordenadores distintos, quince niveles de partida distintos, quince necesidades distintas. El que no ha usado nunca un chat de IA junto a la que ya automatiza medio trabajo. ¿A qué altura pongo el listón? Donde lo ponga, sobra para la mitad y falta para la otra mitad. He visto muchos talleres así, de esto y de otras cosas: salen bien en la encuesta de satisfacción (o no) y el lunes siguiente no ha cambiado nada en la vida de nadie. Aplausos el viernes (más o menos impostados), cero sistemas montados el lunes. Ese tipo de éxito no me interesa.

Hay una cuarta razón, más de fondo, que engloba las otras tres: la inteligencia artificial agéntica no se aprende viéndola, se aprende conviviendo con ella. No es un contenido, es una práctica. Es más parecido a aprender a nadar que a aprender historia: puedo darte una charla magnífica sobre natación, y te ahogarás igual. En algún momento hay que meterse en el agua, con alguien al lado, en tu piscina, no en la mía.

Por todo esto, el modelo que de verdad se está abriendo en mi cabeza es otro, y es viejísimo: el mentoring. Persona a persona, o casi. Comenzar construyendo juntos desde cero, y pasar lo antes posible a tu caso real, tu trabajo, tu ordenador, tus datos. Sesiones de trabajo, no de escucha. Seguimiento en el tiempo, porque los sistemas se montan, fallan y se ajustan, y eso no cabe en una tarde. Que la primera automatización que construyas sea una tuya, de tu vida, aunque sea pequeña, porque una automatización tuya funcionando vale más que cincuenta diapositivas de las mías.

Ya oigo la objeción: eso no escala. Cierto. No escala. Y sospecho que ahí está justo su valor: casi nada de lo que de verdad transforma a una persona escala. Escala el entretenimiento; la transformación va de uno en uno.

Así que he tomado una decisión, y esta entrada es también mi manera de comunicarla: he cambiado mi modelo de formación. A partir de ahora creo que voy a decir que no a los talleres de inteligencia artificial. Probablemente a todos, aunque no soy de los que dicen de este agua nunca beberé. Lo que sí voy a valorar, y en la medida de lo posible a aceptar, son propuestas y programas de mentoring: sesiones de trabajo individualizadas o en grupos muy muy pequeños (¿2?), donde construiremos juntos desde el inicio, con un seguimiento individualizado en el tiempo, y donde al terminar, cada mentorizado sea capaz de construir solo su propio Lego.

Si me has propuesto un taller alguna vez, o pensabas hacerlo, que te quede claro: el no no es a ti. Es a un formato que ya no puedo defender. Proponme lo otro y hablamos.

Si lo que quieres es aprender esto de verdad, al menos en lo que yo soy capaz de enseñar, no me busques una sala con proyector (aunque sí sigo dando charlas generales). Búscame una mesa con dos sillas, o su equivalente digital.

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