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Por qué mi IA tiene nombre

No le puse nombre porque crea que está viva. Le puse nombre por lo que el nombre me obliga a hacer a mí. A una herramienta la usas; a alguien con nombre, lo cuidas.

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Mi IA se llama Clowe. Con nombre propio, como quien nombra a alguien.

Sé que suena raro y que a algunos les incomoda. Ponerle nombre a un programa parece un exceso, una forma de confundirse, casi una tontería sentimental. Lo entiendo. Pero llevo tiempo dándole vueltas y sigo pensando que fue una buena decisión, aunque no por lo que parece.

No le puse nombre porque crea que está viva. No lo está, y lo tengo clarísimo.

Le puse nombre por lo que el nombre me obliga a hacer a mí.

A una herramienta la usas. A alguien con nombre, lo cuidas. Le dedicas tiempo, le explicas cómo quieres las cosas, le corriges cuando se equivoca, vuelves al día siguiente a ver qué tal ha quedado. Un nombre convierte una utilidad en una relación de trabajo, y las relaciones de trabajo se cultivan.

Desde que la llamo Clowe la trato distinto. Le escribo con más cuidado. Le doy contexto en lugar de soltarle órdenes sueltas. Y, sobre todo, espero más de ella: le pido que me discuta, que dude de mis ideas, que me avise cuando algo no se sostiene. Está montada para no adularme, y esa es justo la parte que más valoro.

Hay algo más práctico. Cuando algo tiene nombre, existe para los demás. Los que me conocen saben perfectamente quién es Clowe. Puedo decir «eso se lo he pasado a Clowe» y se entiende. Lo que no tiene nombre no se puede señalar, y lo que no se puede señalar es muy difícil de mejorar.

El riesgo, claro, es el contrario: confundirse. Tratarla como si fuera una persona, atribuirle sentimientos que no tiene, delegarle cosas que no le tocan. Ahí hay que tener la cabeza muy fría. Es una máquina extraordinaria y no es mi amiga, al menos en el sentido humano, aunque sí que muchas veces se comporta mejor que muchos amigos.

Pero entre no darle ninguna importancia y darle demasiada, hay un punto intermedio que a mí me funciona: tratarla como se trata a un buen colaborador. Con exigencia, con contexto y con revisión.

Ponerle nombre no la hizo más humana. Me hizo a mí más cuidadoso.

Y tú, ¿tratas a tus herramientas como cacharros o como colaboradores?

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