Lo que no depende de mí

Separar lo que depende de mí de lo que no es la herramienta más útil que conozco. No es resignación: es dejar de malgastarte en lo imposible.

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Hay una idea que tiene dos mil años y sigue siendo la herramienta más útil que conozco: separar lo que depende de mí de lo que no.

Suena simple. Lo es. Aplicarla es otra cosa.

Porque nos pasamos media vida peleando con lo segundo. El atasco. La decisión que tomó otro. El tiempo que hace. Lo que opina de nosotros alguien a quien no vamos a convencer. Gastamos ahí una cantidad de energía tremenda y no movemos ni un milímetro la realidad.

Y mientras tanto, lo que sí depende de nosotros, que es bastante menos de lo que creemos y mucho más de lo que ejercemos, se queda sin atender.

A mí me ordena el día una pregunta, cuando algo me quema: ¿esto lo puedo cambiar yo? Si la respuesta es sí, la queja sobra y toca ponerse. Si es no, entonces lo único que puedo elegir es cómo lo llevo. Y esa elección, que parece poca cosa, es enorme.

No es resignación. Ojo con eso, que se confunde mucho. La resignación es rendirse ante lo que sí podrías cambiar. Esto es justo lo contrario: dejar de malgastarte en lo imposible para tener fuerzas donde de verdad cuentas.

Tampoco es indiferencia. Que algo no dependa de mí no significa que no me importe ni que no me duela. Significa que ya no voy a pelearme con ello como si fuera negociable.

Lo he aplicado en cosas grandes y en tonterías cotidianas. Con una decisión de arriba que no me gustaba y no iba a cambiar. Con alguien que no iba a comportarse como yo quería. Con un plan que se cayó por algo que no controlaba nadie. En todas, el alivio llegó en el mismo momento: cuando dejé de empujar la pared y me giré a mirar la puerta.

Y siempre hay puerta. Puede ser pequeña, puede no gustarte, pero está. Casi siempre tiene forma de pregunta: dado que esto es así, ¿qué hago yo ahora?

Lo que es, es, y no es otra cosa. Lo demás es discutir con el clima.

Y tú, ¿en qué estás gastando fuerzas que no van a cambiar nada?