El inconformista y el quejica

Cuando a alguien se le llama inconformista, a veces es un elogio y a veces es un reproche. Porque no es lo mismo el inconformista que el quejica: uno se queja, el otro enciende la cerilla.

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Una cerilla encendida iluminando la oscuridad con luz cálida
Photo by Simon Reza / Unsplash

Hay una frase que me saca de quicio: «esto siempre se ha hecho así».

La he oído demasiadas veces en treinta años de hospital. A veces dicha con pereza, a veces con miedo, otras con resignación, y casi siempre como punto final de una conversación que ni siquiera había empezado.

Que a una persona la llamen inconformista, a veces puede ser un elogia, pero otras un reproche. Aprendí a distinguir una cosa de otra, porque no es lo mismo el inconformista que el quejica, aunque de lejos se parezcan.

Los dos coinciden en el diagnóstico: esto no funciona, esto se podría hacer mejor. Pero ahí se separan. El quejica se queda en la queja. La repite en el pasillo, en la comida, en el café. Le da casi igual que nadie le escuche; en el fondo prefiere que el problema siga, porque el problema es su tema de conversación. Quejarse no le cuesta nada y no le compromete a nada.

El inconformista paga un precio. Porque después de decir «esto se puede hacer mejor» viene la parte incómoda: proponerlo, currártelo, mojarte, equivocarte en público, aguantar al que te pregunta para qué te complicas. El inconformista no se queja de la oscuridad: enciende una luz, aunque sea una cerilla, aunque le tiemble la mano.

Lo digo porque es fácil confundirlos, sobre todo por dentro. Yo mismo he tenido días de quejica disfrazado de inconformista: protestar mucho y mover poco. Y no me gusta cómo me siento esos días. La queja sin acción envenena. Te deja la razón en la boca y el cuerpo de no haber hecho nada.

El inconformismo de verdad no va contra las cosas. Va a favor de algo mejor. No es una pataleta, es una brújula. Te señala hacia dónde, y luego te toca caminar.

Así que cuando alguien me suelta lo de «siempre se ha hecho así», ya casi no me enfado. Me lo tomo como una invitación. Una rendija por la que se cuela la única pregunta que importa: ¿y si se pudiera hacer de otra manera?, y te aseguro que hoy en día, con la inteligencia artificial, es muy probable que pueda hacerse de otra forma.

Y tú, ¿eres de los que se quejan, o de los que encienden la cerilla?