Las cosas que tardan
Damos por fracasado a los quince días lo que necesitaba dos años. Hay procesos que no se pueden acelerar, solo acompañar.
Vivimos con una impaciencia rara. Queremos resultados rápidos de cosas que, por naturaleza, tardan.
Un equipo que funcione. Una relación que aguante. Un hábito que se sostenga. Un proyecto que de verdad valga algo. Nada de eso ocurre en dos semanas, por mucho que lo empujes.
Y aun así lo intentamos. Damos por fracasado a los quince días lo que necesitaba dos años. Cambiamos de método cuando el anterior todavía no había tenido tiempo de demostrar nada. Somos capaces de abandonar algo justo antes de que empiece a funcionar.
Hay procesos que no se pueden acelerar, solo acompañar.
Lo veo con claridad en el trabajo. Los cambios que han durado no fueron los que anuncié en una reunión, sino los que se fueron asentando despacio, con gente que se los fue creyendo a su ritmo. Los cambios rápidos hacen mucho ruido y duran lo que dura el empujón.
Y lo veo en lo personal. Lo que soy hoy no viene de ninguna decisión heroica. Viene de cosas pequeñas repetidas durante mucho tiempo, tantas veces que dejaron de costarme.
La impaciencia, además, hace algo cruel: te roba el presente. Si solo miras si ya has llegado, te pierdes el camino entero. Y en casi todo lo que importa, el camino es la mayor parte de la experiencia.
He aprendido a distinguir dos preguntas que parecen la misma y no lo son. Una es «¿ya está?». La otra es «¿voy bien?». La primera casi siempre te frustra. La segunda casi siempre te orienta.
Así que cuando algo importante no avanza al ritmo que quiero, reviso si el problema es el método o es mi reloj. Suele ser mi reloj.
Y hay una buena noticia en todo esto: lo que tarda en construirse tarda también en romperse.
Y tú, ¿qué has abandonado por impaciencia que quizá solo necesitaba más tiempo?