Llevo más de treinta años trabajando en lo mismo. Dirijo un servicio con decenas de profesionales. Doy charlas, formo residentes, tomo decisiones que afectan a miles de pacientes.
Y hay días en los que me levanto convencido de que alguien va a descubrir que no debería estar aquí.
No hablo del síndrome del impostor clásico, ese que te hace sentir incompetente cuando claramente no lo eres. Hablo de algo más sutil: la sensación de que, aunque seas capaz, no perteneces. De que ocupas un sitio que debería ser de otro. De que tu presencia es, de algún modo, un error del sistema.
Es curioso. Puedo resolver problemas complejos, gestionar crisis, liderar equipos. Y aun así, cuando me siento en ciertas mesas, una vocecilla interior me susurra que soy un intruso que ha colado bien el carné.
Lo que he aprendido es que esa vocecilla no sabe de lo que habla.
Porque la competencia no se autovalida. No hay un momento en el que te despiertas y sientes que por fin mereces tu puesto. Simplemente sigues haciendo lo que sabes hacer, día tras día, mientras la duda te acompaña como un pasajero molesto que no se baja en ninguna parada.
He hablado de esto con colegas que admiro profundamente. Gente brillante. Y casi todos confiesan lo mismo: también se sienten intrusos a veces. También esperan que alguien les toque el hombro y les diga que se acabó el juego.
Quizá el secreto está en aceptar que esa sensación no se va. Que no es un defecto, sino una característica de las personas que no se la creen demasiado. Que sentirse intruso es, paradójicamente, lo que te mantiene alerta y te impide convertirte en uno de esos que creen que saben todo.
Hoy no me siento especialmente intruso. Mañana quizá sí. Y ambos días seguiré haciendo mi trabajo igual de bien.
Porque al final, lo que cuenta no es cómo te sientes. Es lo que haces mientras te sientes así.