Construimos El Astillero desde una cama de hospital
Desde una cama de hospital descubrí que no sabía delegar, y esa misma noche nació El Astillero. Dos semanas después, trabajamos con él cada día.
Era casi medianoche y yo seguía con el portátil encima de la cama del hospital en el que estuve ingresado a finales de agosto. Hacía horas que mi mujer y mi hijo se habían ido a casa, ya me habían puesto el pinchazo de después de cenar, y en la pantalla había algo que esa misma mañana no existía: una aplicación web, funcionando, con los proyectos que comparto con mis compañeras de trabajo dentro. Se llama El Astillero. Dos semanas después, es la herramienta con la que trabajamos cada día varias de ellas y yo.
Pero esta historia no empieza con una aplicación. Empieza con una conversación con mi IA, en aquellos días de hospital, en la que descubrí algo que no me esperaba: yo no sabía delegar.
Llevaba años convencido de lo contrario. Encargo mucho trabajo y tengo a mi lado gente muy buena para poder hacerlo. Pero cuando nos pusimos a mirar cómo trabajaba de verdad, la foto era otra. Yo encargaba la faena a otras personas y, a cambio, me llenaba de tareas para comprobar que la hacían. Mi lista estaba llena (y en parte todavía lo está, que esto no se arregla en dos semanas) de tareas que empezaban igual. Verificar que confirman la sala. Verificar que han enviado el programa. Verificar el estado de tal asunto. Aquello no era delegar. Era microgestión con buenos modales.
Y cuando busqué el porqué, no encontré desconfianza. Encontré ceguera. Trabajábamos con un sistema compartido que, visto ahora, funcionaba mucho peor de lo que creíamos, y por mucha buena voluntad que le pusiéramos todos, no había manera de tener una foto global de los proyectos ni de coordinar de verdad quién hacía qué. Cuando no ves el conjunto, solo te queda preguntar. Y cuando preguntas todo el rato, ya no estás delegando: estás persiguiendo.
Así que, desde la cama, le pregunté a mi IA si podíamos diseñar una web para gestionar los proyectos con mi equipo, conectada a mi cerebro digital. Me propuso un plan y cuatro nombres. Elegí El Astillero, porque un astillero es el sitio donde los barcos se construyen en equipo.
La primera versión no me gustó nada, y se lo dije sin rodeos: no se entendía, y la metáfora marinera se le había ido de las manos. La segunda, ya sí. Y ahí tomé la decisión que ha marcado todo lo demás: ponlo en producción, y a partir de ese momento corregimos sobre la realidad. Por eso aquella noche, casi a medianoche, estaba donde os contaba al principio: trasteando desde la cama una herramienta que ya funcionaba de verdad.
Lo que ha venido después ha sido, no encuentro otra palabra, espectacular. Seguimos construyendo desde la habitación del hospital y después desde casa, día a día, arreglando lo que encontrábamos al usarlo. Mis compañeras entraron, lo probaron y empezaron a pedir cosas. Metimos dentro todos los proyectos de mi cerebro digital, unos noventa proyectos vivos, que por primera vez tienen la misma estructura. Tareas con su responsable, reuniones, documentación con sus versiones, y un parte que cada lunes a primera hora me cuenta qué se ha movido en cada proyecto durante la semana, y quién lo ha movido. El sistema compartido de antes ha dejado de hacer falta.
Hice además algo que recomiendo a cualquiera que construya con inteligencia artificial: le pedí a otra IA, de otra empresa, que revisara con lupa lo que habíamos hecho. Me llamó la atención la cantidad de cosas que encontró, y las incorporamos todas. Me parece una política muy buena: que dos grandes modelos se validen el trabajo el uno al otro.
Pero lo importante no es la lista de funciones. Lo importante es lo que ha cambiado en mí. Ahora, cuando una tarea está en manos de otra persona, la veo: quién la lleva, qué ha avanzado, qué ha escrito, con su firma. No necesito preguntar para saber. Uno de esos días dejé escrito en mi diario que delegaba mucho y que las cosas me preocupaban poco. Y al día siguiente, esta otra frase: «tengo momentos en los que no queda ninguna tarea por hacer, y me siento raro». Parte de eso es la baja, claro. Pero sobre todo es El Astillero.
Y luego está la parte que solo veo yo, que es la que de verdad me tiene enamorado. Cuando entro con mi usuario, El Astillero se convierte en mi cuadro de mando personal. Me saluda por mi nombre según la hora y me cuenta cómo viene el día. Ahí tengo la agenda de todos mis calendarios en directo, las tareas de hoy, el correo convertido en compromisos que paso a tarea con un toque, la nota de mi diario, mi salud, lo que como, mis sesiones de meditación, los blogs y sus redes, mis ideas, las decisiones que tengo abiertas, las cuentas de mis proyectos, y hasta el estado de las máquinas de casa, en verde o en rojo. Tiene memoria, además: toco una fecha y me enseña qué hacía ese mismo día hace años. Lo personal y lo familiar viven ahí con candado, donde no llega nadie más. Y tengo incluso una versión que funciona sin internet en mi portátil.
La noche en que se me ocurrió dejé escrito que era lo que siempre había querido tener y que, por primera vez, veía opción real de tenerlo. Y cuando se planteó darle un nombre propio a esa parte, lo tuve claro: me he enamorado de El Astillero, y para mí, casi todo por El Astillero.
Lo digo sin falsa modestia: en dos semanas, desde una cama de hospital y luego desde el salón de casa, un farmacéutico y su IA han construido un producto de altísimo nivel. No un prototipo simpático, sino una herramienta profesional, a medida, que un equipo real usa para trabajar de verdad. Y que, como le dije a mi IA una de esas noches, me ha venido a salvar.
Os dejo lo que me llevo, por si os sirve. Muchas veces no microgestionamos por desconfianza, sino porque no vemos. Y no se puede soltar lo que no se ve. Así que antes de trabajar vuestra forma de delegar, que también, mirad si vuestro equipo comparte la misma foto. Si no la comparte, cada encargo acabará convertido en una pregunta, y cada pregunta, en una tarea más para vosotros.
Y si queréis un termómetro rápido, abrid vuestra lista de pendientes y contad cuántas tareas empiezan por «verificar que».
El Astillero nació una noche, en una cama de hospital, porque descubrí que no sabía soltar. Dos semanas después, es el sitio desde el que lo veo todo. Y precisamente por eso, por fin, puedo soltar.