Y griega y si. Tres letras que en sí mismas no suponen ninguna amenaza, pero que si las colocamos juntas, una al lado de la otra, podrían atormentarnos el resto de nuestra vida. Y si... y si... y si...
Esta frase es el inicio de una de las escenas más bonitas de la película Cartas a Julieta, cuando Claire lee en alto la carta que le escribió Sofía. Si no la has visto, te la recomiendo. Y si la has visto, vuelve a ver esa escena, porque dice mucho más de lo que parece decir.
Y si le hubiera dicho que sí. Y si me hubiera atrevido. Y si hubiera cogido ese avión, ese trabajo, esa mano. Y si hubiera hablado cuando tocaba. Y si hubiera insistido un poco más. Y si hubiera soltado un poco antes.
Hay pocas cosas que pesen tanto como las preguntas sin respuesta. No hablo de los errores cometidos, de los caminos que tomamos y resultaron ser callejones sin salida. Esos duelen, pero al menos tienen la dignidad de lo vivido. Las oportunidades que dejamos pasar por miedo, por prudencia mal entendida, por ese "ya veremos" que se convierte en "ya no puede ser"... esas no prescriben.
Posible y factible no son lo mismo. Hay cosas que son posibles sobre el papel pero que la realidad hace improbables. Alianzas que podrían funcionar, proyectos que podrían prosperar, conversaciones que podrían cambiarlo todo. Pero el papel es el papel, y la realidad es la realidad. Y en medio, la decisión de intentarlo o no.
El "y si..." más peligroso no es el que precede a un riesgo. Es el que viene después de no haberlo tomado. Porque el primero empuja hacia adelante, aunque sea hacia el vacío. El segundo ancla al pasado, a una versión que ya no se puede modificar.
No hablo de temeridad ciega. Hablo de no dejar que el miedo disfrazado de prudencia robe las oportunidades. De distinguir entre el riesgo calculado y la parálisis por análisis. De entender que a veces la decisión más arriesgada es no decidir nada.
El "y si..." que nadie quiere pronunciar es el que empieza con "y si hubiera tenido el valor de...".
Y tú, ¿cuántos "y si..." has dejado pasar?