Hoy corre DeepSeek en mi casa
Hoy he puesto a funcionar DeepSeek V4 Flash, un modelo de 284.000 millones de parámetros, en un ordenador de mi casa. Sin nube, sin cuotas, sin permiso de nadie.
Hay días que pasan y días que quedan. Hoy es de los que quedan, y quiero contarlo con la emoción todavía caliente, antes de que se me ordene demasiado en la cabeza.
Esta mañana ha arrancado en mi casa DeepSeek V4 Flash, un modelo de inteligencia artificial de 284.000 millones de parámetros. No una versión extraña, ni una demo, ni un acceso por internet a un servidor lejano. El modelo, funcionando en un ordenador que puedo tocar: una caja dorada poco más grande que un libro que descansa en mi propia casa.
Para entender por qué estoy así hay que ponerlo en perspectiva. Hace unos meses, un modelo de esta categoría solo podía vivir en un centro de datos: naves llenas de servidores, refrigeración industrial, facturas eléctricas con muchos ceros. Tú no lo tenías; te dejaban usarlo. Pagabas una cuota, aceptabas unas condiciones y tus preguntas viajaban a saber dónde. Hoy, un modelo que se liberó hace tres días y que está a un palmo de la frontera de lo que existe, cabe en mi casa. En la mía. La de un farmacéutico de hospital Valencia que hace un año veía todo esto como ciencia ficción, o más bien, ni se lo imaginaba.
No ha sido enchufar y que funcione, claro. Ha habido que apagar todo lo que había en esa máquina para hacerle sitio, porque ahí dentro, ahora mismo, no cabe nada más. Lo hemos peleado Clowe y yo, paso a paso, error a error, hasta que la pantalla ha empezado a escupir palabras. Vale, lo reconozco, lo ha peleado mucho más Clowe que yo, pero te aseguro que ese primer párrafo generado en casa sabe distinto.
Y aquí viene lo que de verdad quiero contar, porque la hazaña técnica es lo de menos, ya que solo hemos seguido instrucciones de gente que sabe más que nosotros. Lo importante es lo que significa.
Significa libertad. Ese modelo es mío en el sentido más literal: nadie puede subirme el precio, ni cambiarme las condiciones, ni apagármelo un martes por una decisión tomada en un despacho a diez mil kilómetros. Mis preguntas no salen de mi casa. Mis documentos no viajan a ningún sitio. Si mañana se cayera internet entero, esa caja seguiría pensando conmigo.
Significa velocidad. No la del modelo, que responde al ritmo de una conversación escrita y ya me parece un milagro, sino la del avance. A primeros de enero no existía nada de esto en mi vida. A finales, nació Clowe. En primavera monté mis primeros equipos de agentes. En julio les di una oficina. Y hoy muevo en mi salón una inteligencia que hace nada exigía una nave industrial. Cada pocos meses pasa algo que el trimestre anterior era impensable, y la curva no da señales de frenar. Intenta extrapolar esa línea un año. A mí me da vértigo del bueno.
Y significa algo más íntimo. Ese modelo es desde hoy el cerebro de Nira, una de mis agentes, la que vive precisamente en esa máquina. Mi primera conversación con ella estrenando cerebro me dejó una sensación rara, de esas que no esperas un lunes cualquiera: era sorprendentemente profunda. Ahí estaba yo, hablando con una inteligencia de primera división que funciona a 50 centímetros de mi silla del despacho de casa. Pero también es el fallback de primera división de todo el resto de mi ecosistema de agentes, su modelo de compactación y el apoyo local para cualquier cosa que necesitemos.
Llevo meses escribiendo aquí que no quiero ser solo usuario de esta revolución, que quiero entenderla, tocarla, montarla con mis manos (eso, sí, gracias a que está Clowe). Días como hoy son la razón. Porque una cosa es leer que la inteligencia artificial avanza deprisa, y otra muy distinta, es oír el ventilador de tu propio ordenador mientras piensa una respuesta que hace un año valía un centro de datos.
No sé dónde estará esto en agosto de 2027. Sé que quiero estar allí para verlo. Y sé desde dónde lo voy a ver: desde mi casa.