Desde la habitación del hospital, entre gotero y gotero, le encargué a mi IA un proyecto nuevo. No una automatización de trabajo, ni nada de blogs. Otra cosa: le pedí que llevara, para siempre, el registro vivo de mi enfermedad.
Funciona así. Yo escribo mi diario cada día, como llevo años haciendo; es una de las costumbres más viejas de mi cerebro digital. Ahí apunto, entre todo lo demás, cómo he dormido, qué medicación llevo, cómo ha ido el cuerpo, con la naturalidad de quien escribe para sí mismo. Y mi IA lee ese diario y mantiene, aparte, la crónica ordenada: la evolución, las pautas y sus cambios, los síntomas con sus fechas, los datos de las analíticas cuando los apunto. Yo escribo mi vida; ella destila mi historia clínica personal. Cada uno en su oficio.
Quiero ser muy claro con lo que esto no es, porque en salud los malentendidos son caros. No sustituye a mis médicos, ni les enmienda nada, ni me diagnostica; de hecho, una de las reglas que le puse a mi IA es que en mi salud no deduzca jamás: hechos apuntados, cita literal, y ante la duda, preguntar. Lo que este registro hace es otra cosa: me convierte en mejor paciente. Porque una enfermedad crónica es, entre otras cosas, un problema de memoria a largo plazo, y la memoria humana es malísima para eso. ¿Cuándo empezó exactamente aquella molestia? ¿Cuántos días buenos hubo en octubre? ¿Esto que noto ahora, lo noté también con el cambio de pauta anterior? El paciente que responde «no sé, creo que hace unas semanas» y el que responde con fechas son el mismo enfermo, pero dan trabajos muy distintos a quien tiene que tratarlos.
Y hay un segundo efecto que no anticipé y que quizá sea el más valioso: la perspectiva. Ya os conté que lo que se cura despacio no se ve mejorar de cerca. Los días malos gritan y los buenos pasan de puntillas, así que la sensación del día siempre es peor que la realidad del mes. Tener la crónica delante corrige ese sesgo con datos propios: mira, esta semana protestas, pero llevas el doble de días buenos que hace un mes. Mi IA hace conmigo lo que un buen amigo con buena memoria: recordarme mi propio camino cuando yo solo veo el bache de hoy.
¿Que si me da reparo tener esto escrito? Al revés, y aquí va la reflexión de fondo. Llevo años defendiendo que mis datos importantes deben vivir conmigo, en mi casa, bajo mis llaves, y no desperdigados por servicios ajenos. Pues bien: no hay dato más mío que este. La historia de mi cuerpo, contada por mí, guardada donde yo mando, y trabajada por una inteligencia que responde ante mí. Si algo he aprendido este año es que la salud es demasiado importante para llevarla de memoria.
Alguien me dijo una vez que estas herramientas son frías para algo tan humano como una enfermedad. Yo he encontrado justo lo contrario: no hay nada más cálido que tomarse en serio el propio cuidado. La frialdad era antes.
La frialdad era no acordarme de cómo estaba en marzo.