A los dos días de ingresar en el hospital, entre una analítica y un gotero, hice una cosa que contada así parece un síntoma más: compré el ordenador más caro de mi vida. Uno grande, para casa, pensado para una sola cosa: ser el centro de mi ecosistema de inteligencia artificial durante los próximos años.
Mi mujer no se sorprendió, ya está curada de espanto. Pero entiendo que desde fuera pida explicación: ¿quién se pone a configurar una compra así con la vía puesta? ¿No había cosas más urgentes en las que pensar?
Las había. Precisamente por eso.
Porque una habitación de hospital te deja a solas con preguntas grandes, y una de las más traicioneras es esta: ¿y ahora qué recorto? Cuando el cuerpo te avisa en serio, hay una voz prudente que sugiere encoger la vida entera por si acaso: aplazar, esperar a ver, no comprometerse con nada largo. Esa voz suena a sensatez y a veces lo es. Pero tiene un efecto secundario que he visto en más gente de la que me gustaría: se empieza aplazando compras y se acaba aplazando ilusiones, y una vida en modo «a ver qué pasa» es una vida que ya ha decidido que va a pasar poco.
Aquella compra fue mi manera de contestarle a esa voz. No compré una máquina: compré una declaración de plazos. Un cacharro pensado para años de proyectos es una apuesta explícita a que habrá años y habrá proyectos. Mientras el presente me tenía cogido por el colon, yo firmaba un compromiso con mi futuro, con fecha de entrega y todo. Hay quien enciende velas; yo, por lo visto, configuro memoria RAM. Cada uno reza en su idioma (bueno, yo también rezo de la forma de las velas).
Y quiero ser honesto con el matiz, porque escribí hace tiempo sobre cómo discuto con mis caprichos y no quiero hacerme trampas: sé distinguir aquella compra de un capricho vestido de proyecto. Esta no necesitó disfraz. El proyecto existe, lleva meses construyéndose entrada a entrada en este mismo blog: los agentes, los sistemas, la casa que piensa conmigo. La máquina no era el principio de una ilusión nueva sino el siguiente ladrillo de una que ya estaba en obras. Los caprichos piden justificación; los ladrillos piden sitio.
Ha pasado un mes largo y el ordenador ya está aquí, con todo el trabajo de mudanza digital que eso conlleva y que estoy disfrutando como un crío con zapatos nuevos. Cada vez que lo enciendo me acuerdo de dónde lo compré. Y me alegro de aquella versión mía en pijama de hospital que, en mitad de la peor semana del año, decidió que la respuesta a «¿y ahora qué recorto?» era: nada que apunte hacia delante.
Recortad grasa, recortad ruido, recortad compromisos que no os llenan; de eso iba también mi enfermedad, de aprender a recortar lo que sobra. Pero el futuro no se recorta. El futuro se encarga, aunque sea desde la cama, para que cuando llegues tú, ya esté allí esperándote, enchufado.