Lo que se cura despacio

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Lo que se cura despacio

Escribí hace unas semanas sobre las cosas que tardan: que damos por fracasado a los quince días lo que necesitaba dos años, que hay procesos que no se pueden acelerar, solo acompañar. Lo escribí, como tantas cosas, mirando hacia fuera.

La vida, que tiene un sentido del humor muy suyo, decidió que lo comprobara mirando hacia dentro.

Porque ahora mismo mi proyecto principal es uno que no admite sprints: curarme y mantenerme curado. Y curarme y mantenerme curado, estoy descubriendo, es la actividad más anti-yo que existe. No hay atajo que valga, no hay versión intensiva, no hay manera de meterle horas extra para terminar antes. Los plazos los pone un proceso biológico al que mi impaciencia le resulta completamente indiferente. Yo, que llevo toda la vida optimizando todo, me he encontrado con lo único que no se deja optimizar: una desescalada que dura lo que dura, y unos tejidos que se toman su tiempo sin consultarme la agenda.

Al principio lo llevaba como una espera, y las esperas, ya sabéis, se me dan regular. Contaba los días como quien cuenta los kilómetros que faltan. Hasta que caí en la trampa que yo mismo tenía escrita: estaba confundiendo recuperarme con darme prisa en parecer recuperado. Son cosas distintas, y la segunda es peligrosa. Parecer recuperado es volver a todo cuanto antes, retomar el ritmo, demostrar que aquí no ha pasado nada. Recuperarse, y mantenerse curado, es otra cosa más lenta y más humilde: dejar que el proceso haga su trabajo entero, sin robarle las últimas semanas, que son precisamente las que consolidan, ni las siguientes, que son las que lo mantienen, ya de forma permanente.

Así que estoy practicando un deporte nuevo para mí: el avance sin testigos. Mejorar un dos por ciento al día no da para publicar nada, no se nota en el espejo, no genera ninguna noticia. La mejora de verdad es aburridísima vista de cerca. Solo funciona mirada con perspectiva: comparándote no con ayer, sino con hace un mes. He aprendido a hacerme esa trampa buena: cuando me desespero con el día a día, miro atrás cuatro semanas. Y entonces sí se ve el camino, y es más largo de lo que parecía desde dentro.

También he aprendido a respetar los retrocesos. Antes, un mal día me parecía un desmentido: tanto avance para esto. Ahora sé que los procesos largos respiran, que van y vienen, que un paso atrás no borra los dos de adelante; es, simplemente, el ritmo al que caminan las cosas serias. Lo dije en su día y me lo repito ahora como quien se toma una pastilla: así también se avanza.

No escribo esto porque lo tenga dominado. Lo escribo porque me cuesta cada semana, y porque sospecho que a muchos de vosotros os pasa lo mismo con vuestras propias curas lentas: una lesión, un duelo, un hábito, una empresa que remonta. A todos os digo lo que me digo:

Lo que se cura despacio, se cura hondo. La prisa cierra en falso. Y cerrar en falso es la única manera de tener que empezar otra vez.