He vuelto a meditar

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He vuelto a meditar

Hace muchos años yo meditaba. Mucho y en serio. Y un día lo dejé, sin decisión ni motivo, como se dejan tantas cosas buenas: no las abandonas, simplemente un día te das cuenta de que hace meses que no las haces, y luego años, y luego ni te acuerdas de que aquello era tuyo.

He vuelto. Y no por sabiduría, seamos honestos: por prescripción de la vida. Cuando conté mi diagnóstico escribí que del estrés me habían dicho algo que no se me olvidará: que los estudios no lo tienen claro, pero los pacientes sí. Me quedé con los pacientes. Y los pacientes, por lo que voy viendo, tienen razón.

Volver a meditar de mayor, con la cabeza que tengo ahora, ha sido un reencuentro curioso. Porque el que meditaba hace años era otro: más joven, con otra vida, sin este oficio de sistemas y agentes que me ha crecido en la última época. Así que he vuelto a la práctica más antigua que conozco de la manera más mía que existe: convirtiéndola en un sistema. Tengo mis sesiones registradas, mi seguimiento, hasta una pequeña aplicación construida a medida, porque soy incapaz de acercarme a algo que me importa sin construirle un andamio alrededor. Hay quien se compra un cojín de meditación; yo me programé una herramienta. Cada cual tiene su manera de tomarse las cosas en serio.

Igual hay quien no lo entiende: ¿medir la meditación? ¿Ponerle registro al soltar? Lo entiendo, y me da exactamente igual, porque me conozco. Sin estructura, mi práctica duraría tres semanas de entusiasmo y moriría en la cuarta, como murió aquella vez, probablemente. El andamio no es la práctica, pero es lo que la mantiene en pie los días flojos. Ya lo escribí una vez: sistemas, no fuerza de voluntad. También para sentarse a respirar.

¿Y qué me estoy encontrando ahí dentro? Pues mirad, nada místico, y eso es precisamente lo que quería contaros, porque creo que a muchas personas les frena la decoración del asunto. No hay iluminaciones ni paisajes interiores. Hay visualizaciones muy concretas de técnicas aprendidas. Y además, hay algo mucho más modesto y más útil: un rato al día en que dejo de ser el que resuelve. Sin pestañas abiertas, sin siguiente cosa. Los primeros días cuesta, es verdad: la cabeza, acostumbrada a producir, protesta como un niño al que apagan la tele. Pero al poco aparece un efecto que no recordaba de la otra época, o que entonces no supe apreciar: los problemas siguen ahí después, pero yo llego a ellos de otra manera. Con un palmo más de distancia. Y en ese palmo, he comprobado, caben mejores decisiones.

Lo que más me intriga de todo esto es la pregunta que me hice al volver: ¿por qué lo dejé? Y su hermana incómoda: ¿qué más cosas habré dejado así, sin darme cuenta, que me estaban haciendo bien? Sospecho que todos tenemos una pequeña lista de prácticas abandonadas sin motivo: el deporte aquel, el dibujo, las cartas a los amigos, el paseo de después de cenar. No las dejamos porque fallaran. Las dejamos porque lo bueno no protesta cuando lo aparcas.

Si tenéis una de esas, os paso el descubrimiento de este otoño: no hace falta esperar a que la vida os empuje.

Las cosas que un día fueron vuestras os siguen esperando donde las dejasteis. Solo hay que volver a sentarse.