Escribí hace tiempo sobre el coste oculto de «lo hago luego», y era una entrada sobre tareas: el correo sin contestar que se pudre, el papeleo que engorda en el cajón. Todo verdad. Pero este año he descubierto que las tareas eran la versión barata del problema. El aplazamiento caro, el que de verdad arruina, no vive en la lista de pendientes.
Vive en la otra lista, la que no está escrita en ninguna parte: el viaje que haremos cuando pase la época mala del trabajo. La comida con ese amigo que llevamos dos años debiéndonos. La conversación pendiente con alguien de tu sangre. El proyecto ilusionante para cuando haya tiempo. Las fotos sin ordenar, el pueblo sin visitar, el gracias sin decir. Esa lista no genera avisos ni vence nunca oficialmente, y por eso es tan peligrosa: se puede aplazar entera, indefinidamente, sin que suene ninguna alarma.
Hasta que suena una que no es de la lista. A mí me sonó este verano, ya lo sabéis, y entre las muchas cosas que me enseñó hay una muy concreta que quiero contaros hoy: en la semana mala, cuando la cabeza hace inventario, nadie repasa las tareas aplazadas. Ni una. Os lo aseguro: ningún expediente sin cerrar vino a visitarme a la habitación. Los que vinieron fueron los otros aplazamientos, los de la lista invisible, y algunos con nombre y apellido de sitio: aquel plan familiar que cancelamos con la promesa de desquitarnos, por ejemplo, se sentó a los pies de mi cama y no se movió de allí.
Ahí entendí la diferencia entre las dos listas. Las tareas aplazadas cuestan dinero, orden, eficiencia. Los planes aplazados cuestan vida. Y hay una asimetría cruel entre ambas: las tareas casi siempre pueden esperar de verdad, porque el mundo tiene mecanismos para reclamártelas; los planes, en cambio, dependen de que estén disponibles a la vez dos cosas frágiles, las ganas y la salud, tuyas y del otro. Cada «ya habrá tiempo» es una apuesta a que esa disponibilidad doble se mantendrá. Se pierde más veces de las que nadie cuenta.
Así que he cambiado el criterio, y os lo dejo por si os sirve: ahora aplazo al revés. Lo que se puede recuperar, se aplaza sin culpa: un informe se hace igual la semana que viene, una gestión aguanta un mes en el cajón. Lo que no se puede recuperar, no se aplaza, o se aplaza con fecha, que es distinto: la promesa con día y mes puesto ya no es aplazamiento, es planificación, y a las promesas con fecha se les tiene un respeto que los «ya veremos» no conocen. En mi calendario del año que viene ya hay escritas cosas que antes habrían vivido en la niebla del algún día. Están en tinta. Se defienden como se defiende todo lo importante: teniendo hora.
No os pido que dejéis de aplazar; aplazar es humano y a veces sensato. Os pido solo que miréis qué estáis aplazando, con la pregunta que a mí me costó un ingreso aprender:
¿Esto que dejo para luego, estará luego? ¿Y estaré yo?
Con las tareas, tranquilos, que esperan siempre. Con lo demás, id pidiendo fecha.