El año que viene nos desquitaremos

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El año que viene nos desquitaremos

De todas las cosas que hice desde la habitación del hospital, la que más me dolió no fue ninguna prueba médica. Fue abrir el móvil y cancelar nuestro viaje familiar de septiembre. Unos días en la montaña que llevábamos tiempo esperando, sobre todo los dos que no estaban enfermos, que es lo que más rabia da: mi cuerpo había decidido por los tres.

Lo cancelé y, en el mismo movimiento, casi sin pensarlo, escribí en mi diario cuatro palabras: el año que viene nos desquitaremos.

Podría haber sido una frase de consuelo, de las que se dicen para amortiguar y se disuelven solas. Todos conocemos ese género: «ya lo haremos», «habrá más ocasiones», «queda pendiente». Frases analgésicas, pensadas para que el momento duela menos, sin intención real de futuro. La lista invisible de la que escribí hace unos días está construida enteramente con ellas.

Pero aquella noche descubrí que hay otra manera de decir lo mismo, y que la diferencia no está en las palabras sino en lo que haces con ellas después. Porque una promesa se convierte en real en el momento en que empiezas a tratarla como un proyecto: cuando tiene fecha aproximada, cuando se habla de ella en presente, cuando genera actos preparatorios. Y os puedo contar que esta promesa los genera. En casa ya se habla de ese viaje con naturalidad de cosa que va a pasar: qué excursiones, qué época, qué haremos distinto. Los que sí pudieron ir a la montaña este año nos mandaron fotos de los lagos, y en vez de darnos pena, las guardamos como quien guarda un catálogo: eso de ahí es lo que nos espera. Hemos convertido una cancelación en una cuenta atrás.

Y he pensado mucho en por qué esto funciona, porque creo que toca algo más hondo que un viaje. Una enfermedad larga te cambia la relación con el futuro: de repente el futuro es el territorio donde viven los miedos, los «a ver cómo evoluciono», las revisiones pendientes. Si no haces nada, el porvenir entero se te llena de citas médicas y de incertidumbres, y ningún sitio habitado solo por miedos apetece visitarlo. Por eso las promesas con fecha son más importantes ahora que nunca: son colonos. Cada plan ilusionante que instalas en el futuro le disputa terreno al miedo. Mi año que viene ya no es solo el año de ver cómo va la enfermedad; es también, y en mi cabeza sobre todo, el año del desquite en la montaña. El mismo territorio, otra bandera.

Hay una palabra en esa promesa que elegí sin darme cuenta y que ahora defiendo con conocimiento de causa: desquitarnos. No «repetirlo», no «intentarlo otra vez». Desquitarse es más ambicioso: implica que hay una deuda y que se cobrará con intereses. Ese matiz importa, porque le dice a la enfermedad quién manda en la contabilidad: tú me quitaste unos días, y la respuesta no va a ser resignación, va a ser que esos días vuelvan multiplicados.

No sé qué os habrá quitado a vosotros este año; algo os habrá quitado, que así es esto de vivir. Solo os paso lo aprendido: no lo deis por perdido. Dadlo por aplazado, con fecha, con intereses y con catálogo de fotos si hace falta.

Lo que te quitan no se llora para siempre. Se apunta. Y luego se cobra.