Cuando conté mi diagnóstico escribí una frase que, por lo que me llega, no pasó desapercibida: que iba a centrarme en lo importante de verdad, y que probablemente no coincidiría con lo importante para muchas otras personas. Más de uno me ha preguntado, con distintos grados de prudencia, qué quería decir exactamente. Es justo. Vamos a ello.
Lo primero que aprendí es que la lista de lo importante no se hace añadiendo: se hace restando. Todos llevamos encima una lista de «importante» heredada, que nadie recuerda haber firmado: importante es lo urgente, lo que pide el que más insiste, lo que quedaría mal no hacer, lo que siempre se ha hecho. Esa lista crece sola, como la maleza, y tiene una propiedad diabólica: está compuesta casi entera de cosas importantes para otros que tú has adoptado sin examen. Mi trabajo de estas semanas ha sido pasarle el examen, cosa por cosa, con una pregunta muy poco diplomática: si esto desapareciera de mi vida, ¿quién lo notaría de verdad, y me importa a mí que lo note?
Os sorprendería cuánto no sobrevive a esa pregunta. Reuniones que existen porque existen. Compromisos que acepté por no explicar un no. Frentes abiertos que sostengo por orgullo de no cerrarlos. Urgencias ajenas disfrazadas con mi calendario. Todo eso era «importante» en el sentido en que es importante el ruido: porque suena fuerte, no porque diga nada.
¿Y qué sobrevivió? Menos cosas de las que pensaba, y más claras. Mi salud, que ha pasado de sobreentendida a titular, porque ya sé lo que cuesta el sobreentendido. Los míos, no en general sino en concreto: las cenas, los viajes pendientes, las sobremesas de las que también escribí un día. El trabajo que solo puedo hacer yo, que es muchísimo menos del que yo creía hacer, y que es exactamente el que más me gusta: pensar, construir, enseñar a quien quiere aprender. Y este diario, que ha resultado ser menos un pasatiempo y más una columna vertebral de lo que sospechaba.
Lo segundo que aprendí es que la lista no vale nada sin defensa. Lo importante de verdad es tímido: no interrumpe, no manda correos, no se queja si lo aplazas. La salud no convoca reuniones hasta que convoca una gorda. Los hijos no piden agenda: se conforman con tus sobras hasta que dejan de pedir. Todo lo importante de verdad comparte ese defecto de fabricación: es silencioso. Por eso pierde siempre contra lo urgente, que viene de serie con sirena. Defender la lista significa exactamente eso: darle a lo silencioso el trato de lo ruidoso. Ponerle hora, ponerle prioridad, y dejar que algún fuego arda sin mí.
Y lo tercero, que es la parte incómoda que anuncié: mi lista no coincidirá con la de otros. Habrá quien espere de mí presencias que ya no estaré, disponibilidades que he cerrado, síes que ahora son noes. No es desinterés ni es soberbia. Es que he entendido, de la manera en que se entienden las cosas de verdad, que la vida no da para todas las listas, y que quien no elige la suya acaba ejecutando la de los demás.
A vosotros no os deseo mi susto. Pero la pregunta os la regalo entera, que no necesita hospital: de todo lo que hoy llamáis importante, ¿cuánto lo llamaríais así después de una semana con la vida en pausa?
Haced la lista. La corta. Y luego, lo difícil: vividla.