Anuncié hace poco, en una entrada que era casi una declaración, que iba a delegar mucho. Lo escribí con toda la convicción del mundo. Lo que no conté es que llevaba años creyendo que delegaba, y haciéndolo mal.
Porque lo que yo hacía no era delegar: era repartir tareas. Que se parece, pero no es. Repartir tareas es dar a otros los trozos ejecutables de algo cuyo peso completo sigues cargando tú: tú vigilas, tú repasas, tú duermes con ello. El otro hace, pero tú sigues respondiendo, mentalmente, de cada detalle. Es una delegación de manos que no delega la cabeza, y tiene un efecto perverso: te deja el cansancio del control sin el descanso de soltar, y al otro le deja el trabajo sin la confianza. Todos pierden algo.
Delegar de verdad es otra cosa, y estoy en pleno aprendizaje, obligado por las circunstancias, que es como aprendo yo casi todo lo importante. Delegar de verdad es entregar el resultado, no la tarea. Es decir: esto es tuyo, decide tú, resuélvelo a tu manera, y ven a mí solo si me necesitas. Es aceptar que lo hará diferente de como lo harías tú, y callarte, porque diferente no es peor; es la firma de otra persona. Y es, sobre todo, aguantarte las ganas de mirar. Esa es la parte que a mí me cuesta: el silencio posterior. La confianza no se demuestra al entregar el encargo; se demuestra en todas las veces que no preguntas cómo va.
Tengo suerte, y esto quiero escribirlo claramente: tengo cerca gente muy buena. Gente que lleva tiempo lista para más, probablemente más tiempo del que yo he tardado en dárselo. Porque esa es la otra verdad incómoda de no delegar: uno se cuenta que es por exigencia, por cuidado, por responsabilidad, y muchas veces es simple vanidad con horario extendido, la creencia íntima de que sin tus ojos las cosas salen peor. Los primeros resultados de mi delegación forzosa apuntan a algo muy saludable para las cosas y muy humillante para mí: salen igual de bien. A veces mejor. El mundo tiene una manera muy pedagógica de recordarte que eras menos imprescindible de lo que creías.
Y aquí viene lo que de verdad quería contaros, la cuenta que me ha cambiado la mirada. Cuando no delegas, crees que estás ahorrando errores. Puede ser. Pero mira lo que estás pagando por ese ahorro: tu tiempo, que se va en supervisar lo que otros podrían resolver; su crecimiento, que se queda esperando una oportunidad que no llega; y la solidez de todo lo que construyes, que depende de un único punto de fallo con tu nombre. Visto así, no delegar no es prudencia. Es la imprudencia más cara que existe, disfrazada de responsabilidad.
Así que estoy en ello. Entregando resultados enteros, mordiéndome la lengua, dejando de mirar. Algunos días me sale y otros recaigo, porque los hábitos de años no se van con una declaración.
Pero hay una imagen que me ayuda: un equipo donde solo confía uno no es un equipo; es un hombre cansado con ayudantes. Y yo ya he estado cansado. Ahora quiero estar acompañado.