Cuidarse también es un sistema

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Cuidarse también es un sistema

Escribí hace tiempo en este diario que no creo en la fuerza de voluntad y sí en los sistemas. Que la voluntad es un recurso que se agota a las cinco de la tarde, y que lo que de verdad sostiene una vida son las estructuras que funcionan cuando tú no estás fino. Lo escribí pensando en el trabajo, en los proyectos, en la productividad.

No sabía que estaba escribiendo el manual de lo que me iba a hacer falta para algo mucho más serio.

Porque ahora me toca cuidarme de verdad, cada día, para siempre, y lo primero que he entendido es que el cuidado no puede depender de mis ganas. Las ganas son magníficas los lunes por la mañana y desaparecen los jueves por la noche. Si mi salud dependiera de acordarme, de apetecerme, de estar motivado, estaría perdida de antemano. Así que he hecho con ella lo que hago con todo lo que me importa: quitarle heroísmo y ponerle sistema.

Mi cuidado tiene tres patas, y las tres funcionan mejor cuanto menos épicas son. La medicación, que es la fácil para alguien de mi oficio: pauta, horario, revisión, cero improvisación. Ahí no hay debate diario; hay un circuito que se cumple, como se cumple lavarse los dientes, sin celebrarlo. La alimentación, que no he convertido en religión sino en entorno: no se trata de resistir tentaciones, se trata de que la tentación no viva en mi despensa. Y el estrés, la pata más difícil, porque no se compra en la farmacia: para esa estoy construyendo estructuras también, huecos protegidos en la agenda, cosas que he dejado de hacer, y una práctica diaria que ya os contaré otro día.

A veces se confunde sistematizar el cuidado con vivir amargado, y es exactamente al revés. El que confía en su fuerza de voluntad se pasa el día decidiendo: ¿me lo tomo, me lo salto, me apetece, aguanto? Cada decisión gasta, y cada fallo viene con culpa de regalo. El que tiene un sistema, decide una vez y descansa trescientas. Yo no quiero ser el héroe que vence cada día a la tentación de descuidarse. Quiero ser el tipo aburrido al que el descuido le pilla lejos, porque el camino fácil de su casa pasa por el sitio correcto.

Y hay otra cosa que los sistemas hacen por ti y la voluntad no: aguantan los días malos. Cuando vengan, que vendrán, mi cuidado no dependerá de mi ánimo, igual que mis publicaciones no dependen de mi inspiración ni mis copias de seguridad de mi memoria. El sistema no se desanima. Para eso lo construyes: para que te sostenga exactamente los días en que tú no puedes sostenerlo a él.

Alguien me dirá que reducir el cuidado de uno mismo a un sistema le quita poesía. Puede ser. Pero yo ya he visto de cerca la alternativa, y os aseguro que tiene todavía menos.

La poesía, si acaso, está en otro sitio: en todo lo que piensas hacer con los años que el sistema te guarde.