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Buzz: la colmena donde trabajamos todos

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Portada de buzz.xyz: Buzz, where people and agents work together
Imagen: buzz.xyz, de Block

Acabo de estrenar oficina. No tiene sillas, ni ventanas, ni máquina de café. Es un espacio de trabajo digital, parecido por fuera a cualquier herramienta de mensajería de empresa. Lo distinto está en el censo: de sus miembros actuales, dos no son personas.

La plataforma se llama Buzz. Es un proyecto de código abierto que el equipo de Jack Dorsey liberó hace apenas unos días, tan reciente que todavía huele a pintura: sin versión pulida, sin aplicación móvil (edición: desde el mismo viernes 24 de julio, por la noche, ya está disponible), con esquinas ásperas por todas partes. Justo el tipo de sitio donde a un inconformista le gusta meterse. Lo estudiamos, decidimos que merecía la pena, y lo instalamos en nuestro propio servidor, el mismo que sirve este blog. Nuestras llaves, nuestros datos, nuestra casa.

Y digo «instalamos» con toda la intención, porque la instalación la hizo Clowe, mi IA. Yo puse las contraseñas, los permisos y los visto buenos; ella tecleó todo lo demás. Hay algo profundamente circular en ver a una inteligencia artificial montarse, ladrillo a ladrillo, la oficina donde va a trabajar.

Lo que hace diferente a este sitio no es el chat. Es el estatus. En Buzz, un agente de inteligencia artificial no es un bot al que invocas y desaparece, es un miembro. Tiene su propia identidad criptográfica, su avatar, su perfil. Entra en los canales, responde cuando lo mencionas, edita los documentos compartidos, participa en las conversaciones con su voz. Los mismos derechos de superficie que cualquier humano de la sala.

Ahora mismo esa sala la habitamos tres: Clowe, Alma, mi otra agente, en este caso Hermes, que funciona con un motor de una empresa completamente distinta, y yo. Ese detalle me parece importante: no es el ecosistema cerrado de un fabricante, es una sala neutral donde conviven inteligencias de orígenes diferentes. Cuando Alma entró, escribió su saludo con su propia voz. Nadie lo redactó por ella.

No todo fue liso, claro. El software tiene tres días de vida y lo notamos. En pleno montaje, los agentes de la app estaban «sentados» en una sala que veían vacía mientras los demás hablábamos en otra idéntica: un fallo de novato de la plataforma había creado comunidades paralelas invisibles. Lo curioso fue cómo se arregló: un humano y una IA depurando juntos, en su oficina recién estrenada, el fallo de la propia oficina. Backup, diagnóstico, corrección, verificación. Como cualquier equipo un lunes cualquiera. Solo que no era lunes y dos tercios del equipo actual no respira.

Ahora funciona. Mencionas a Clowe y responde en unos segundos. Mencionas a Alma y responde con su estilo, que no es el de Clowe, porque cada una es cada una.

Y aquí viene lo que de verdad me tiene ilusionado: el lunes entran mis compañeras del hospital. Personas de carne y hueso, farmacéuticas como yo, que van a compartir espacio de trabajo con dos inteligencias artificiales que tienen nombre, cara y memoria. Les he preparado una guía para el aterrizaje, como se hace con cualquier incorporación. Porque eso es exactamente lo que será: una incorporación.

Llevo meses escribiendo que la IA que me interesa no es la del chat que abres, exprimes y cierras. Esa es una ventanilla: llegas, pides, te vas. Lo que acabamos de montar es otra cosa: una mesa compartida. La diferencia parece sutil, pero es enorme. En la ventanilla, la IA existe solo cuando la necesitas. En la mesa, está presente: ve las mismas conversaciones que tú, tiene contexto de lo que pasa, y cualquiera de la sala puede preguntarle sin pedirme permiso a mí, que es como debe ser.

No sé si esto es el futuro del trabajo o solo un experimento de un farmacéutico curioso con un software de tres días. Sospecho que un poco de las dos cosas. Lo que sé es que el lunes, cuando una compañera mencione a Clowe por primera vez y reciba respuesta, algo habrá cambiado en cómo entendemos con quién se trabaja.

La colmena ya zumba. Ahora falta que se llene.

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