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Agentes que no duermen para que yo sí

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Agentes que no duermen para que yo sí

Esta noche, mientras yo duermo, en mi casa van a pasar cosas. Un agente revisará que ningún compromiso del correo se me haya escapado. Otro tendrá listas las publicaciones de mis blogs y sus redes, esperando su hora. Otro vigilará que los demás sistemas respiran, y si alguno se calla, lo anotará para contármelo. Las wikis que mantengo se actualizarán solas con lo que llegó ayer. Y mi diario de salud quedará destilado en su crónica, por si algún dato le hace falta a alguien algún día.

Nada de esto es ciencia ficción ni presume de serlo: son sistemas que he ido construyendo durante meses con mi IA, pieza a pieza, y de muchos os he hablado ya en este diario. Lo que quiero contaros hoy es otra cosa: para qué eran en realidad. Porque yo creía que lo sabía, y este año descubrí que no.

Yo creía que eran para producir más. Es el discurso oficial de la automatización, el que venden las charlas y las herramientas: libera tiempo para hacer más cosas. Y durante una época funcionó exactamente así, para mi vergüenza retrospectiva: cada hora que mis agentes me ahorraban, yo la rellenaba con más trabajo. Automatizaba para ampliar. Era como contratar ayuda en casa para poder ensuciar más platos.

Entonces vino el frenazo que ya conocéis, unas semanas en que yo no estaba para sostener nada. Y ahí, en mi ausencia, entendí por fin qué había construido de verdad. Porque el sistema no me echó de menos: el correo siguió vigilado, las publicaciones salieron a su hora, los avisos llegaron a quien tenían que llegar. Mi vida operativa caminó sola durante días. Y yo, desde la cama, comprendí que llevaba meses construyendo, sin saberlo, un seguro. No una fábrica de productividad: una red que aguanta cuando el equilibrista falla.

Ese cambio de mirada lo ha cambiado todo. Ahora, cuando mis agentes me ahorran una hora, la pregunta ya no es «¿qué más meto aquí?». Es: ¿esta hora, a quién se la doy? A veces la respuesta es trabajo, claro, del que solo puedo hacer yo y me gusta. Pero cada vez más veces la respuesta es dormir sin repasar listas mentales, porque sé que las listas las repasa otro. Cenar sin mirar el teléfono, porque si algo arde de verdad, me avisarán. Estar enfermo, si toca, sin que se caiga el mundo. La tecnología más sofisticada que tengo en casa se dedica, en último término, a fabricar un producto humilde y carísimo: tranquilidad.

Sé que a mucha gente le inquieta esto de los agentes que trabajan de noche, y entiendo los matices, que también los escribo a menudo: el botón sigue siendo mío, nada sale sin mi criterio, y hay cosas que jamás delegaré en una máquina. Pero al miedo de fondo, ese de «las máquinas no descansan nunca», yo ya solo puedo responder una cosa desde mi experiencia de este año.

Exacto. No descansan nunca. Para eso las quiero.

Alguien tiene que velar para que el que respira pueda, por fin, dormir a pierna suelta.

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