Sistemas, no fuerza de voluntad

Nos vendieron que basta con querer más. Pero la fuerza de voluntad se agota; lo que de verdad funciona son los sistemas que te ahorran la pelea.

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Primer plano del mecanismo de engranajes de un reloj
Photo by Lukas Tennie / Unsplash

Hay una mentira que nos cuentan desde niños: que si quieres algo de verdad, basta con quererlo más.

Fuerza de voluntad. Disciplina. Apretar los dientes. Como si el éxito fuera cuestión de ganas y el fracaso, de falta de carácter.

Llevo años comprobando que es justo al revés. La fuerza de voluntad es un músculo pequeño y se cansa enseguida. A las siete de la mañana la tengo entera; a las siete de la tarde, después de un día lleno de decisiones, no me queda casi nada. Confiar en ella para lo importante es construir sobre arena.

Lo que sí funciona son los sistemas.

Un sistema es una decisión que tomas una vez para no tener que volver a tomarla. Yo no decido cada mañana si me levanto pronto: es lo que hago, sin más, y por eso no me pesa. No decido si reviso el día o si me pongo a escribir; lo tengo montado para que ocurra casi solo, con el mínimo roce posible. La voluntad la reservo para lo que de verdad no se puede automatizar.

Te lo pongo fácil. Si cada día tienes que elegir entre la fruta y el bollo, tarde o temprano gana el bollo. Pero si en casa solo hay fruta, no hay batalla. No has ganado por ser más fuerte. Has ganado por no tener que pelear.

Eso es un sistema: quitar la decisión de en medio. Diseñar tu entorno para que lo bueno sea lo fácil y lo malo, un incordio.

Durante años me sentí culpable los días que no llegaba. Pensaba que me faltaba carácter. Hoy sé que lo que me faltaba era diseño. No era yo el flojo; era mi sistema el que no existía.

Y hay algo liberador en verlo así. Deja de ser una cuestión moral, de si eres mejor o peor persona, y pasa a ser una cuestión de ingeniería. Un ingeniero no se culpa cuando un puente falla por un mal cálculo: rehace el cálculo. Con tus hábitos, igual. No te falta fuerza. Te falta un sistema mejor.

Así que cuando algo no me sale, ya no me pregunto por qué no tengo más ganas. Me pregunto qué tengo que cambiar para que las ganas no hagan falta.

Y tú, ¿sigues peleando con tu fuerza de voluntad, o has empezado a construir el sistema que te ahorra la pelea?