El coste oculto de «lo hago luego»

Una tarea aplazada no cuesta solo el tiempo que tardarás en hacerla. Cuesta todas las veces que te acuerdas de ella. Y decidir cansa.

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Papeles y notas acumulados sobre una mesa de trabajo
Photo by Wonderlane / Unsplash

Hay una frase que parece inofensiva y no lo es: «lo hago luego».

La decimos veinte veces al día. Un correo que se contesta en dos minutos, una llamada incómoda, un papel que hay que firmar. Nada grave. Lo apartas y sigues.

Pero lo que apartas no desaparece. Se queda ahí, dando vueltas, ocupando un rincón de tu cabeza. Y eso tiene un precio que casi nunca contamos.

Porque una tarea aplazada no cuesta solo el tiempo que tardarás en hacerla. Cuesta todas las veces que te acuerdas de ella. Cada vez que vuelve a la superficie te obliga a decidir otra vez si la haces o no. Y decidir cansa.

Lo he ido comprobando en mi propia cabeza: diez cosas pequeñas aplazadas pesan más que una grande hecha. La grande, al menos, está cerrada.

Hay otro coste, más silencioso. Lo aplazado casi nunca se queda igual. El correo sin contestar se convierte en una disculpa. La conversación que no tuviste, en un malentendido. El papel sin firmar, en una urgencia. Lo que hoy son dos minutos, en dos semanas son veinte y encima con mala cara.

Por eso he acabado con una regla tonta y eficaz: si algo se resuelve en menos de lo que tardo en anotarlo, lo hago ya. No por disciplina. Por egoísmo. Porque quiero la cabeza despejada.

Y para lo que no cabe en dos minutos, un truco parecido: decidir cuándo. No «lo hago luego», sino «lo hago el jueves a las nueve». Aplazar con fecha no es aplazar, es planificar. Aplazar sin fecha es dejarlo flotando.

Lo interesante es que casi nunca es pereza. Es incomodidad. Aplazamos lo que nos da un poco de miedo, lo que nos obliga a decir algo difícil o a reconocer que no sabemos hacer algo. El «luego» es el sitio donde escondemos lo que nos incomoda.

Y cuanto más lo escondes, más grande se hace.

Así que últimamente, cuando me pillo diciendo «lo hago luego», me hago una sola pregunta: ¿esto lo aplazo porque no toca ahora, o porque no me apetece? La respuesta suele ser bastante clara.

Y tú, ¿cuántas cosas llevas flotando en ese «luego» que ya te pesan más que hacerlas?