Hay textos que lees y olvidas. Hay textos que lees y recuerdas. Y hay textos que lees y te atraviesan. Este pertenece al tercer tipo.
Se llama Piu avanti —"más adelante" en italiano— y lo escribió Almafuerte, seudónimo de Pedro Bonifacio Palacios, un poeta argentino del siglo XIX que vivió entre la pobreza y la rebeldía, entre la enseñanza y la incomodidad de quien no se doblega.
Dice así:
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya malherido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua, y no la implora.
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!
Léelo otra vez. Despacio. Deja que cada verso te golpee donde tenga que golpearte.
Este poema es un manual de resistencia comprimido en catorce versos. Es un puñetazo en la mesa cuando todo invita a abandonar. Es la voz que necesitas escuchar cuando las fuerzas flaquean y la tentación de rendirse se disfraza de sensatez.
"No te des por vencido, ni aun vencido". Qué forma tan brutal de empezar. Porque la derrota objetiva no implica la derrota interior. Puedes haber perdido la batalla y seguir siendo quien decide cómo responder. Ahí está la libertad última, la que nadie puede arrebatarte: la actitud ante lo que te sucede.
Y luego llega la imagen del clavo enmohecido. Viejo, oxidado, aparentemente inútil. Pero clavo al fin. Que vuelve a ser clavo. Que no renuncia a su naturaleza aunque el tiempo y las circunstancias le hayan pasado factura. Frente a él, el pavo que amaina su plumaje al primer ruido. El que se encoge ante la adversidad. El que elige la cobardía disfrazada de prudencia.
¿Y qué decir de esa estrofa central? "Procede como Dios que nunca llora; o como Lucifer, que nunca reza; o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua, y no la implora". No es una invitación a la arrogancia. Es una invitación a la dignidad. A necesitar sin suplicar. A depender sin arrastrarse. A mantener la vertical incluso cuando todo empuja hacia abajo.
Y el final. Ese final que eriza. "Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza". Incluso derrotado, incluso caído, incluso decapitado por la vida... que tu última expresión sea de lucha. Que tu cabeza siga mordiendo mientras rueda. Que no te quiten ni el último aliento de rebeldía.
Este poema no es para leerlo en los días buenos. Es para guardarlo para los días difíciles. Para esos momentos en que el cansancio susurra que ya has dado bastante, que nadie te culparía por abandonar, que el mundo seguirá girando sin tu esfuerzo.
Y precisamente en esos momentos, recordar: "No te des por vencido, ni aun vencido".
Porque al final, como escribí hace tiempo, no hemos llegado hasta aquí para olvidar quiénes somos.
Piu avanti. Siempre más adelante.