Hace unas semanas estuve en una jornada de gestión para Jefes de Servicio. De esas donde te juntas con colegas de trincheras similares y, de vez en cuando, alguien suelta una frase que te atraviesa.
Hubo una que se me quedó grabada: nuestro trabajo es resolver problemas.
Así, sin florituras. A mí me impactó. No porque no me dedique a resolver problemas —de hecho, no hago otra cosa desde que entro por la puerta del hospital hasta que salgo—, sino porque nunca lo había verbalizado de forma tan simple.
Piénsalo. Si eres responsable de algo, ya sea un servicio, un equipo o una familia, tu función última es esta: detectar problemas y encontrar la manera de que dejen de serlo. Todo lo demás —las reuniones, los informes, los correos infinitos— son herramientas al servicio de esa misión central.
Y cuando lo ves así, muchas cosas encajan. Encaja que algunos días llegues a casa con la sensación de haber estado apagando fuegos sin parar. Encaja que la tranquilidad absoluta te genere desconfianza. Y encaja que la satisfacción más auténtica venga de esos pequeños nudos que desatas en silencio y que nadie más ve.
Lo que me fascina de esta perspectiva es que desmitifica el liderazgo. No se trata de visión estratégica de alto vuelo ni de discursos memorables. Se trata de algo más terrenal: alguien tiene un problema, tú ayudas a que deje de tenerlo. Siguiente.
Claro que hay problemas y problemas. Técnicos, relacionales, estructurales, e imposibles. El buen solucionador aprende a distinguirlos. Sabe cuándo arremangarse y cuándo escuchar. Cuándo puede resolverlo él y cuándo debe empujar para que lo resuelva quien debe.
Y sobre todo, sabe que no todos los problemas son suyos. Hay problemas que llegan a tu mesa porque alguien decidió que era más fácil pasártelos. Parte del trabajo es filtrar: ¿es realmente un problema? ¿Es mi problema? ¿Necesita solución ahora?
Porque a veces, la mejor forma de resolver un problema es no aceptarlo como tal.
Esta perspectiva me ha dado paz. Cuando asumo que mi trabajo es resolver problemas, dejo de frustrarme porque surjan. Es como el médico que no se enfada porque lleguen enfermos: es precisamente para eso para lo que está.
Y si mi trabajo es resolver problemas, puedo medirme por eso. No por las horas que echo ni por los emails que contesto. Sino por los problemas que consigo que dejen de serlo.
Así que la próxima vez que alguien te pregunte a qué te dedicas, prueba a responder: "Resuelvo problemas". Y observa su cara.
¿Habías pensado alguna vez en tu trabajo desde esta perspectiva?